Corría el año
1959 y entraba a Primer grado, la idea de empezar La Escuela me encantaba, sin
embargo a partir de ese día empezó mi pesadilla.
La escuela
era linda y había muchos chicos, la maestra era una bruja, por lo menos la que
me toco a mí. Fui a una escuela como
dicen ahora Pública y les diré que ya
se notaba el deterioro educativo. No daba pie con bola. Me costaba entender las
cuentas y los dictados eran mi desgracia, y todo esto era producto de lo poco
que querían enseñar y se escudaban en que el grado era muy populoso.
Cuando teníamos
dictado, había palabras que no sabía cómo se escribían y me quedaba pensando, y
ahí perdía el hilo del mismo, porque los dictados no eran palabras sueltas, eran
una historia, entonces que hacía yo, al perderme inventaba una historia
paralela hasta que enganchaba con lo que la maestra dictaba. Imaginen la
ensalada divertida que quedaba.
La Maestra
no estaba preparada para afrontar una niña con mis cualidades. En ese entonces eran
muy estructuradas, así que la maestra se arrancaba los pelos. Pero para peor, esta educadora no tuvo la
mejor idea que llamar a mi Madre y decirle que tenía mucha imaginación, que eso
no era bueno y que tenía que cortármela. Jajaja … ¡buena docente che!
Milagrosamente mi mamá con muy buen criterio le contesto:
-
prefiero que la nena repita el grado antes que pierda su imaginación-. Y así
seguimos ¡a las patadas jajaja!
En la
cuentas tampoco andaba bien, pero insisto, todo por falta de paciencia de la
maestra y de mis padres. Y aquí viene el tema de la cartita. Teníamos un solo cuaderno
para todo y te corregían con rojo cuando algo estaba mal, y como era de
esperar, yo tenía cartelones en Rojo. Mi cuaderno se desangraba de lo rojo que
estaba. Cuando llego el Día del Padre hicimos una cartita, donde el sobre de
esta iba pegado en el cuaderno con la carta adentro, y en la página de al lado había unas cuentas
corregidas con un inmenso ¡MALLLLL! . Que dilema tenía, ¿cómo hacía para darle la
carta si al lado tenía un inmenso fracaso bien remarcado por la dulce Maestra?
Al pensar,
lo único que se me ocurrió a la edad de 7 años fue sacar la carta del sobre y
entregársela en mano sin este. Y así lo hice,
era la única manera de tener la fiesta sin amarguras para él y para mí. –
¡Felizzz Día Papá! – le dije y él contento recibió su cartita sin preguntar por
el sobre. De esa manera salí airosa con estilo.
¡Viva!!! el
sistema Educativo Argentino por hacernos sentir tan bien a los niños de esa
época, porque ¿queda alguna duda de que la Maestra me quiso hundir con ese cartelón
en el cuaderno? sabía que mi Papá lo iba a ver — así que saquen sus propias conclusiones
Medusa
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